Hay algo del irse que abre una grieta para siempre. El cuerpo queda dividido y no se vuelve nunca a estar completo. Ese sentimiento marcó a buena parte de quienes llegaron a esta tierra —una Argentina hecha de pueblos originarios, de mestizajes y también de migraciones.
Nuestra historia suele reducirse a los barcos que llegaron desde Italia y España. Pero nuestros rasgos, nuestras comidas, ¡incluso nuestro idioma! conservan también rastros de otras latitudes: arena del desierto, ojos intensos, comidas perfumadas. La Argentina es también la Argentina árabe, y nuestros poetas se encargaron de dejarlo escrito.
Me han regado las lágrimas del pecador y el santo,
mi raíz aumentaron y colmaron el valle,
en ella me sostengo y destaca el detalle
de mi cuerpo pequeño que se resiste tanto.
La mandrágora, Juana Dib
¿Qué se hace cuando el corazón no da abasto? Poesía, a veces se hace poesía. Juana Dib y Juan Yaser nos regalaron un modo de “volver”. Ella, una argentina de origen árabe y él, un palestino emigrado, fueron parte de un grupo más amplio de escritores que narró a la vez el destierro y el refugio que encontraron en estas tierras.
Mientras todavía caen bombas sobre Gaza, la poesía de autores como ellos es hoy más urgente que nunca. Esta es su historia.
Juan Yaser, el poeta revolucionario
Podría decirse que Hanna Yaser -o Juan, su nombre castellanizado- tuvo una vida digna del cine.
Nació en 1925 en Taybeh, un pueblo de cristianos cerca de la ciudad de Ramala, en Palestina. Estudió literatura e historia y, a los 21 años, ya enseñaba en una escuela secundaria de Jerusalén. Pero su vida, como la de tantos otros palestinos y palestinas, cambiaría para siempre con la creación de Israel. Su tierra se llenó de militares de otra bandera; ya no podía circular, trabajar ni comprar en los mismos mercados que antes. Entonces, recurrió a la herramienta que mejor conocía: la palabra.
El valle
se llenó de metrallas,
una mezcla de botas
y albahacas.
Aroma de muerte.
Hacia el miedo, Juan Yaser
Yaser se convirtió en un “poeta de la revolución”, como recuerda su hija, Siria Yaser. Escribió en la prensa palestina sobre la partición de la tierra en la que nació y vivió, advirtió sobre los peligros que se venían y se transformó en blanco de las autoridades israelíes. En 1951, su hermano —un reconocido abogado del pueblo— llegó con la noticia de que habían emitido una orden de captura en su contra. “Tenés que irte ya, están viniendo a buscarte”, fueron sus últimas palabras antes de esconderlo en el baúl del auto y llevarlo hasta la frontera con el Líbano. Juan no pudo despedirse ni de su madre ni del resto de su familia.
Aunque su identidad palestina marcó toda su vida, Juan Yaser fue un hombre agradecido a la Argentina. “Trabajó para amar este suelo y asumirlo como propio”, dice su hija Siria. A punto tal que decidió escribir en español, sólo uno de sus libros de poemas lo hizo en árabe.
En el puerto tomó el primer barco que encontró y terminó en las Islas Canarias. Seis meses estuvo allí hasta que llegó el milagro. Otro de sus hermanos le había escrito a un vecino del pueblo, un pariente lejano que había emigrado a Argentina años atrás. Jeries Jalil no dudó en ayudarlo y le compró un pasaje a Buenos Aires.
Juan llega al país nada más y nada menos que un 9 de julio de 1952. No lo dejan bajar del barco: se habían detectado casos de glaucoma y las autoridades ordenaron redirigir la embarcación a Brasil. Pero Juan se escapa de madrugada, va al encuentro de Jeries y se toman un tren a la provincia de Córdoba, donde vivía la familia. Como había ingresado de forma irregular, Jeries lo escondió en el altillo de la casa de un cuñado hasta que logró regularizar su situación.
En la Feria del Libro de Córdoba, donde Juan Yaser organizaba y montaba un stand con libros, revistas y diarios sobre cultura, historia y política árabe.
Juan Yaser estaba en la Argentina de pasada. Era sólo una parada temporal para hacer un poco de dinero y de ahí emprender viaje a Estados Unidos, donde pretendía continuar su militancia. Pero la vida le tenía otros planes. Esos planes se llamaban Nora Jalil. Juan se enamoró de la hija de Jeries y a los dos años se casaron.
Al principio vendían empanadas árabes para sobrevivir. Hasta que llega su libro: “La tragedia de Palestina”, financiado por un grupo de palestinos de Chile. Ese fue el inicio de una obra que lo convertiría en referente de la comunidad árabe en la Argentina y más allá. Dio charlas en todo el país; lo consultaron presidentes, gobernadores y legisladores; incluso lo invitaron a acompañar delegaciones al mundo árabe.
Tampoco olvidó a quienes llegaban. Lo primero que hacían los sirios y libaneses que recién desembarcaban en Argentina era buscarlo a Juan Yaser. Él les traducía los papeles que necesitaban para tramitar la residencia, les daba un plato de comida y un lugar para dormir si hacía falta. No les cobraba un peso. La generosidad de Juan era también la de Nora, que bancaba el día a día del hogar.
Juana Dib, una hija del exilio
Juana Dib conoció la tierra de sus padres recién a los 75 años, pero algo le hizo sentir que ya la había caminado antes. Tumín, la aldea de su familia en Siria, estuvo siempre presente en su casa en Salta, Argentina. En el nombre de los antepasados, en las conversaciones con las visitas, en el árabe que nunca dejó de hablarse. Juana nació en Salta en 1924, a diferencia de sus hermanas mayores, que llegaron desde Siria con sus padres. Pero una parte de esa niña que se sentaba siempre a la mesa de los grandes y lo absorbía todo, creció también en otro lugar.
Mucho antes de conocer Tumín, le escribió un poema a esa familia al otro lado del océano. Al volver, lo releyó: “no hubiera podido quitarle ni agregarle una palabra”, contaba. Aquel viaje sería luego la inspiración para su novela Viajeros del Orontes, premiada en 2001, como tantas de sus obras.
Ese libro dialoga con su primera publicación en prosa, Las invitadas, que recupera las experiencias de los migrantes árabes que poblaron el noroeste argentino. ¿Quién más que Juana podía entender la soledad y la nostalgia de sus propios personajes? En sus textos entrelazaba frases en árabe -que, según decía, hablaba mejor que sus hermanas nacidas allá- con referencias a rincones de Salta y apellidos conocidos.
Su familia había emigrado escapando de tensiones políticas y religiosas. Esa herida marcó su obra.
Vamos a América esposa
y verás que buena es ella.
Yo ya elegí la Argentina
Para que sea vivienda …
Verás que linda que es Salta
Con callecitas de piedra,
Con sus coches de paseo
y sus gentes de todas buenas.
Vamos a América, Las Doradas, Juana Dib
Su padre trabajó en lo que pudo: primero en los negocios y, cuando había necesidad, como vendedor ambulante. Como muchos de los árabes que llegaron a nuestro país, ofrecía de todo un poco: atados de mercadería, telas, medias. La gente a veces le pagaba con huevos, pollo o lo que hubiese a mano.
Homenaje a Juana Dib en el 6to Encuentro de Poesía Árabe llevado a cabo en 2025 en Salta.
Su madre no sabía leer ni escribir, pero Juana decía que se levantaba al alba para hacer “los panes más maravillosos del mundo”. La gente en Salta hacía cola para comprarlos.
Escribió siempre en los márgenes de su trabajo docente, pero fue tras la muerte de su madre cuando realmente encontró su voz. En su casa había un ciruelo que se secó cuando ella murió. Al preguntarle al jardinero por qué, respondió que se le había “secado el corazón”. Así nació Elegía para un ciruelo.
Retrató también a su padre en “Soy Salomón, el inmigrante” y buscó recuperar la memoria familiar y los ecos del Levante en clave poética. Probablemente su participación en diversas organizaciones locales de cultura árabe tuvo que ver en esa vocación de poner sobre la mesa algo más que ficción.
Por algún motivo, los caminos de Juana y Juan se cruzaron y mostraron las dos caras del exilio. La del que nació allá y se fue. La de quien nació acá y escribió con la memoria prestada.
Sin embargo, no es tan fácil encontrar sus obras digitalizadas. Juana supo decir que “a veces las mujeres escriben más duro que los hombres” pero que ellos tienen “más campo de acción”: “aunque haga menos que la mujer, se lo conoce más”.
Juana murió en 2015. Su última obra, Hierro Dulce, la publicó a los 90 años después de haberle dado al mundo más de una decena de libros. Su obra supo ser traducida al árabe por su amigo Juan Yaser, quien contribuyó a que su palabra circulara entre lectores de ambas regiones.
Narrar el exilio
Por algún motivo, los caminos de Juana y Juan se cruzaron y mostraron las dos caras del exilio. La del que nació allá y se fue. La de quien nació acá y escribió con la memoria prestada.
No son una casualidad, tampoco una excepción. Pertenecen a algo mucho más grande: el movimiento Adab al-Mahyar, la literatura de la diáspora árabe. Fueron esos árabes que llegaron a distintas partes del continente americano entre fines del siglo XIX y mediados del siglo XX, quienes dieron forma a una tradición escrita que combinó la lengua árabe con los paisajes, tensiones y búsquedas de este lado del mundo. Encontraron aquí el lugar donde dar curso al resto de sus vidas y en ese camino, desarrollaron una voz propia.
…en nombre de Palestina
escribo mi primer verso castellano.
Como un cordero con la campana en el cuello…
perdido en los pastoreos ajenos, golpeado
por los vientos de la ansiedad…
grito mi dolor de extraviado
en las dimensiones transatlánticas
Sinfonía discorde al oído universal, Juan Yaser
El sociólogo Immanoel Wallerstein escribió que la identidad está en constante movimiento. América Latina fue el fiel reflejo de eso mismo. Quienes llegaron a estas tierras dejaron de ser, para el caso, sólo árabes. Acá se construyó algo nuevo. Un poco por cómo imaginaba la élite política que debía moldearse este país, y otro poco porque la inmigración árabe -y especialmente sus hijos e hijas- eligieron hacer de esta tierra un hogar.
El tema más recurrente del Mahyar es la patria. Algunos la usan para recordar, otros para denunciar. En cualquier caso, el lugar de origen, allí donde vivieron su infancia, atraviesa una narrativa poética que supo convertirse también en una forma de dejar sentadas las circunstancias históricas de sus pueblos.
Aunque su identidad palestina marcó toda su vida, Juan Yaser fue un hombre agradecido a la Argentina. “Trabajó para amar este suelo y asumirlo como propio”, dice su hija Siria. A punto tal que decidió escribir en español, sólo uno de sus libros de poemas lo hizo en árabe. Siria cree que “él se dio cuenta que desde este lugar del mundo podía hacer muchas cosas”.
Se suele repetir que a la Argentina llegaron campesinos y comerciantes empobrecidos. Los discursos narrativos construían además personajes árabes cargados de prejuicios en un país que soñaba con una inmigración blanca. Pero rara vez se habla de los intelectuales sirios, libaneses y palestinos que, una vez establecidos en la región, crearon círculos literarios, nuevos espacios de reflexión y diálogo. De esa trama nació el Adab al-Mahyar.

Además de su obra poética, Yaser fue un puente entre las generaciones de escritores del Mahyar. Tal es así que la UNESCO lo convocó a investigar este movimiento en América Latina. En libros como Herencia árabe en América y Fenicios y árabes en el Génesis americano, documentó la profundidad del aporte árabe al continente. En ese camino, traducir a su amiga Juana Dib fue, para él, una forma de devolver al árabe la voz de una hija del exilio.
Entre la añoranza de la tierra perdida y la fascinación por el nuevo continente, el Mahyar se convirtió en un puente cultural. Desde Nueva York hasta Buenos Aires, desde San Pablo hasta Santiago de Chile, la palabra árabe se mezcló con los ritmos, colores y conflictos de América Latina.
Una corriente literaria propia que unía la memoria de la tierra de origen y la experiencia en América; una constelación de autores, imprentas, revistas y comunidades que mantuvieron viva la lengua árabe en el continente. El Mahyar no fue sólo un fenómeno cultural, sino una forma de resistir al olvido.
El destierro
Hay distintas maneras de irse. Puede para algunos ser una aventura, una oportunidad, un viaje soñado. Pero empezar de nuevo toma otra dimensión cuando uno es arrancado de su tierra. Muchas y muchos autores del Adab al-Mahyar escapaban de la pobreza, la guerra y la ocupación. Dejar su hogar no fue una elección. Llegar a un puerto no significaba dejar la angustia en el barco: allá atrás quedaban familia y amigos y la amenaza de perderlos por las mismas razones que otros se fueron.
Juan Yaser pudo volver una sola vez a Palestina, en 1977. Durante ese mes nunca estuvo solo: un soldado israelí lo siguió a todos lados. Antes de irse le advirtieron que él y su familia corrían peligro si regresaban: “la próxima no salís”.
En un continente con millones de descendientes árabes, el Adab al-Mahyar se convierte en un puente entre dos mundos. Quienes llegaron primero dejaron una semilla que hoy nos permite reconstruir una parte de lo que somos.
A los dos años sufrió un infarto fuerte. Su hija Siria cree que su corazón no resistió “el dolor por la tierra ocupada, la injusticia, el exilio, la muerte de sus hermanos”. Dice que “todo ese dolor hizo mella en él, lo marcó y le fue tapando cada una de sus arterias coronarias hasta que lo destruyó”. Ese fue el inicio de una enfermedad cardíaca crónica que lo acompañó hasta su muerte en 1996.

El tema más recurrente del Mahyar es la patria. Algunos la usan para recordar, otros para denunciar. En cualquier caso, el lugar de origen, allí donde vivieron su infancia, atraviesa una narrativa poética que supo convertirse también en una forma de dejar sentadas las circunstancias históricas de sus pueblos. Sobre Las Doradas, de Juana Dib, Yaser escribió que sus poemas “registran para la posteridad lo que la historia no registra”.
Juana hablaba de lo que hablaba porque sufría en carne propia las noticias que llegaban desde la Siria de sus padres. “Tumín es el pueblo donde tengo a casi todos mis parientes. Hace cerca de dos meses fue atacado, bombardeado. Lo vi en la televisión. No sabemos nada de mi familia, es desesperante”, contó Juana en una entrevista.
Su obra está atravesada con un compromiso por la búsqueda de justicia, convencida de que la poesía era una forma de promover la paz.
Os pedimos un poema
que anule la guerra …
Cae el sol de Las Doradas
en mezquitas y en iglesias
germinad las esperanzas
de la paz sobre tierra
Las Doradas, Juana Dib
No hay nada de ficción en el nacionalismo y la nostalgia de esa patria perdida, rasgos distintivos de este tipo de literatura, porque la palabra aquí no es otra cosa que un intento de ordenar lo vivido.
Juan también pagó el costo de su voz. Fue perseguido primero en su tierra ocupada por los israelíes y luego en Argentina por el sionismo organizado. Cuenta su hija que, tras el atentado a la Embajada de Israel, el diario Clarín lo nombró falsamente como ideólogo del ataque. Logró que se rectificaran, pero el miedo ya se había instalado en la familia.
Juan y Juana escriben para calmar la pena, para no dejar ir del todo, para percibir el nuevo mundo que los rodea. Y en ese gesto -probablemente sin saberlo-, unen para siempre las dos orillas.
Siria recuerda que a veces, tomando algo en un bar, Juan decía: “Ese hombre que está ahí me está siguiendo, es un espía”. Y los enfrentaba: “¿Qué querés? Ya sé que sos del Mossad y me estás siguiendo. Decime qué querés, sentate, vení, vamos a conversar”. Algunos incluso se lo admitieron. La familia recibía amenazas, a veces amanecían con pintadas en la pared de casa, pero Juan tenía buenos contactos con la policía federal.
A pesar de todo, Juan Yaser nunca se detuvo. “Él quería sostener la vida para que su voz por Palestina se escuche”, reflexiona Siria.
El arte, cuando el resto es silencio
La cultura árabe que echó raíces en América se convirtió en algo distinto producto de ese encuentro. La manera en que hoy las nuevas generaciones se relacionan con sus orígenes es probablemente diferente a la de los que vinieron primero. Pero la cultura sobrevive y se transforma en ese diálogo con el presente.
Las voces de Juana Dib y Juan Yaser siguen vivas en los encuentros de poesía organizados por el Club de la Cultura Árabe. En tiempos de individualismo, de odio a lo diferente, la poesía vuelve a tender puentes. Nos recuerda que es esta una nación de brazos abiertos y no lo contrario. Que acá al otro se le da una mano y en la mesa siempre hay lugar para alguien más.
Julio nos encontró celebrando la obra de Juana Dib en su Salta natal. Ahora llega el VII Encuentro en Córdoba, dedicado a Juan Yaser a cien años de su nacimiento. Desde el 2016, aquí se recitan poesías argentinas y árabes en su idioma original, un homenaje a quienes hicieron florecer esta tradición literaria en la región. Cada lectura es un acto de memoria; cada encuentro, una forma de comunidad y resistencia.
Hoy, en medio de un genocidio en Gaza, recuperar la literatura palestina es casi un deber. Siria cuenta que muchos le dicen que en tiempos como éste se extraña a su padre. Frente al silencio cómplice de nuestro país y tantos otros, hay una necesidad de reencontrarse con alguna forma de humanidad. Es que los escombros nos han tapado a todos y todas. La poesía, en su capacidad de conmover, de decir lo que las noticias ya no alcanzan, transforma el horror en un punto de partida.
Porque nada empezó el 7 de octubre, la obra de Yaser parece escrita para nuestro tiempo.
Ven…
hermano agresor,
a nacer conmigo
en esta tierra.
Las armas
no te otorgan
vida… ni derecho.
Hermano agresor, Juan Yaser
Las dos orillas
Casi como el canto de las sirenas, su tierra los llama. Juan y Juana escriben para calmar la pena, para no dejar ir del todo, para percibir el nuevo mundo que los rodea. Y en ese gesto -probablemente sin saberlo-, unen para siempre las dos orillas.
En un continente con millones de descendientes árabes, el Adab al-Mahyar se convierte en un puente entre dos mundos. Quienes llegaron primero dejaron una semilla que hoy nos permite reconstruir una parte de lo que somos.
Tápate los oídos que no sonaré a canto
Oscurece tus ojos cuando arranques mi talle
y si puedes hacerlo… no lograrás que calle,
porque seré mandrágora desahogando mi llanto.
Mandrágora, Juana Dib
A Juan Yaser y Juana Dib los leyeron y estudiaron en muchos países. Su obra ayudó a mirar más allá de las grandes ciudades y a reconocer la presencia árabe en rincones del país que rara vez figuran en los relatos oficiales.
Hoy ya no queda familia directa de Juan Yaser en Palestina: sus hermanos murieron y los sobrinos emigraron. Sólo algunos primos de Nora permanecen en Taybeh para que no desaparezca la presencia palestina en el pueblo. Pero ni eso alcanza. Hace poco, Siria recuerda que los colonos israelíes llegaron hasta el ingreso del pueblo e incendiaron varios campos de olivos.
Juana decía que escribía sobre Palestina “con dolor y con rabia”. Siria recuerda la tristeza en los ojos de su padre. A pesar de que tenía un buen humor, “nunca brotó de su ser esa alegría que uno suele ver en otras personas”. Él mismo hablaba de un “dolor ancestral”. Pero tenía que irse: “él tenía que estar afuera de Palestina para que su voz se escuche”, reflexiona Siria.
En un mundo que sigue usando la migración como una excusa para sembrar odio, el Adab al-Mahyar nos devuelve el sentir de quienes lo han perdido todo. Es ahí donde nace el gesto de hermanar pueblos, es en ese legado que encontramos otro mundo posible.
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Melisa Trad es periodista, viajera y activista, especializada en política internacional desde una perspectiva del sur global, con un Máster en Seguridad Internacional.









