Se dice que en Argentina se juega al fútbol como se baila el tango. Hay pausas, amagues, aceleradas súbitas. A veces se engaña, con elegancia. Cuando los pies parecen ir hacia el norte, un sutil cambio de rumbo los lleva hacia el sur. No siempre hay un plan: en esta tierra dejamos que el corazón dicte el camino. Y se sufre, ay si se sufre. Acá se sabe que la derrota es tragedia -no por nada llora el bandoneón-. Pero también que la historia de los gigantes se construye con un gol sobre el acorde final.
Cada cuatro años, este país se sumerge en el dolor y la belleza de un baile para el que nos preparamos toda la vida. No es fácil de entender para el observador esporádico. Y es ese un terreno fértil para todo tipo de conspiraciones. No debería sorprendernos que haya quienes quieren manchar nuestros colores.
En este Mundial del 2026 hay barro dentro y fuera de la cancha. Algunos hablan de una campaña orquestada para desprestigiar a la Argentina. Sea como sea, no es novedad que el algoritmo fogonea la polarización y pone sobre la mesa lo peor de lo que somos.
En un mundo donde la verdad ya no importa (y mucho menos los libros de historia), acusan a la Argentina de colonialismo o llaman racista a un pueblo entero porque la selección no tiene jugadores negros.
En ese marco, aparece una bandera israelí en un partido ya caldeado de Argentina-Egipto. La cosa había empezado días antes. El director técnico Hossam Hassan había celebrado con una bandera palestina la histórica clasificación de su selección a octavos. Eso fue lo que motivó a Iosi, el hincha de la polémica, a llevar una bandera de Israel al partido con Argentina para provocar al entrenador egipcio. Así lo reportó él mismo en hebreo para el Canal 13 de la televisión israelí. Los medios de comunicación extranjeros, subidos al tren de los clicks, hablaron de banderas israelíes -en plural- y dejaron afuera el detalle de que la otra mano que sostenía la enseña de la discordia era la de un hombre con camiseta de Brasil.

La combinación era por lo menos extraña. A pesar de las muchas preguntas sin respuesta, la imagen fue suficiente para disparar el último capítulo de la ola de rechazo internacional hacia la albiceleste.
Quisieron desde muchos frentes tejer vínculos entre hechos aislados para usar políticamente un supuesto apoyo incondicional de las y los argentinos al accionar de Israel y el sionismo como movimiento político.
No es la primera vez.
El nacimiento de una cábala
En medio del revoltijo de publicaciones virales y datos selectivos sobre el vínculo entre Argentina e Israel, el recorrido de solidaridad que ha tenido este país con el pueblo palestino parece haber caído en el olvido. Pero, como no podía ser de otra manera, incluso el fútbol tuvo su lugar en esta historia.
Dicen que el Dr. Carlos Bilardo tenía la cábala de jugar un amistoso contra Israel antes del Mundial. Aunque ahora el recuerdo es otro, la Argentina llegaba a los tumbos a ese México 86. Había sufrido derrotas en amistosos ante Francia y Noruega. Y entonces llegó el último antes del torneo: un partido contra Israel. La goleada 7-2 en Ramat Gan cambió el curso de las cosas. Tanto, que ese año Argentina saldría campeón.
Bilardo, director técnico de la selección, estaba convencido de que ese partido había sido la clave. Si uno ha nacido en estas tierras, sabe que las cábalas se respetan. Y entonces antes de Italia 90, se volvió a organizar un amistoso contra Israel. Argentina ganó 2-1 y terminó subcampeona. Después de Bilardo, Alfio Basile y Daniel Passarella repitieron fórmula.

Mucho después, allá por el año 2010, Diego Maradona dirigía al equipo que se preparaba para el Mundial de Sudáfrica. Carlos Bilardo era en aquel momento director general de Selecciones Nacionales. Como era de esperar, había un amistoso programado con Israel.
Pero esta vez, un grupo de jóvenes de la Asociación Argentina de Solidaridad con Palestina (AARSOPAL) decidió tomar cartas en el asunto. Hablamos con uno de ellos, referente del movimiento Boicot, Desinversión y Sanciones (BDS) en la Argentina, que prefirió no revelar su identidad para no sufrir más hostigamiento. De ahora en adelante lo llamaremos Pablo.
En medio del revoltijo de publicaciones virales y datos selectivos sobre el vínculo entre Argentina e Israel, el recorrido de solidaridad que ha tenido este país con el pueblo palestino parece haber caído en el olvido.
Pablo y sus compañeros militaban en contra de las violaciones a los derechos humanos que Israel cometía contra el pueblo palestino. Habían seguido de cerca la Operación Plomo Fundido en Gaza y les parecía inadmisible que tan sólo un año después se jugara un partido de fútbol como si nada.
Decidieron entonces enviar una carta a la AFA y otra al Ministerio de Deporte. Pero ya tenían un as bajo la manga: uno de ellos había sido compañero de primaria de uno de los integrantes del cuerpo técnico. A Maradona le llegó una carta y un CD con información grabada sobre lo que pasaba en Palestina.
Y el Diego fue el Diego.
El partido se suspendió sin dar muchas explicaciones. Hoy lo único que se puede encontrar de ese amistoso de mayo de 2010 es un “Argentina vs. Israel ha sido pospuesto hasta nuevo aviso”.
Tiempo después aparecerían las imágenes de Maradona luciendo la kufiya o su famoso «en mi corazón, soy palestino», que supo decirle al presidente de la Autoridad Palestina, Mahmoud Abbas.
La ciudad santa y el partido que no fue
“La gente suele creer que boicotear es simplemente «no compro tal cosa» o «no voy a McDonald’s». Y no, no va por ahí. No es «boicoteo porque limpio mi conciencia». El BDS tiene lineamientos”, explica Pablo.
Pero, ¿qué es el BDS?
BDS es la sigla de Boicot, Desinversión y Sanciones. Se describen como un “movimiento de liderazgo palestino por la libertad, la justicia y la igualdad”. Surgió como una respuesta ciudadana al régimen de ocupación que Israel mantiene sobre el pueblo palestino y a la complicidad de gobiernos e instituciones que no parecen poder o querer exigirle rendición de cuentas.
La consigna es simple: que Israel respete el derecho internacional, ni más ni menos. Para eso usan una serie de herramientas como forma de presión no violenta, inspirados en lo que fue el movimiento contra el apartheid en Sudáfrica.
Y la Argentina también ha puesto su granito de arena en ese camino.
Ya que ahora nos convoca el fútbol, vamos a remontarnos al 9 de junio de 2018. Ese día se iba a jugar un partido amistoso entre Argentina e Israel. Se reflotaba la famosa cábala de Bilardo justo antes de emprender camino al Mundial de Rusia.
Pero esta vez no era sólo un partido (nunca lo es). Ese año se cumplía el aniversario número 70 de la Nakba, «el día de la catástrofe», cuando cientos de miles de personas fueron desplazadas de sus hogares para dar paso a la creación de un estado judío en Palestina.
En 1948, David Ben-Gurion leía la declaración de independencia de Israel. Setenta años después, el primer ministro Benjamin Netanyahu -el mismo que hoy tiene una orden de arresto en su contra por parte de la Corte Penal Internacional por los crímenes cometidos en Gaza- invitaba a la selección argentina a jugar un partido en su casa, en el marco de las celebraciones nacionales.

Puede que el verbo “invitar” no sea el pertinente. Había en la mesa unos 2.2 millones de dólares para la Asociación de Fútbol Argentino. Ese nivel de recaudación por un amistoso representaba un contrato récord para la selección. Y es que no solo debían ir a jugar a Israel, el acuerdo incluía cumplir con una agenda de actividades. Los medios hablaban, por ejemplo, de una foto de Lionel Messi y el resto del equipo en el Muro de los Lamentos.
No era un partido de fútbol preparatorio para la Copa del Mundo. De hecho, para Jorge Sampaoli, el DT del momento, el viaje implicaba acortar los nueve entrenamientos que había determinado previo al Mundial. El equipo de Israel no era tampoco un rival a la altura como para que valiera de algo, ni siquiera tenía un entrenador fijo. La Argentina no iba a probar jugadores: el partido se había convertido en un compromiso político en el momento más complicado del año, a una semana del debut en Moscú. Pero Netanyahu necesitaba la foto.
Y entonces llegó la frutilla del postre con la ministra de Cultura y Deportes de Israel, la ultraconservadora Miri Regev. Dicen que fue ella quien impulsó la decisión de que el partido se jugara en Jerusalén, la chispa que lo encendió todo.
Mensajes de la campaña #ArgentinaNoVayas, impulsada por el movimiento BDS Argentina en 2018 para solicitar la suspensión del partido amistoso entre Argentina e Israel.
La batalla por esta ciudad ha sido también cultural. Jerusalén no es la capital de Israel. La comunidad internacional la reconoce como una ciudad históricamente disputada y bajo ocupación.
La guerra árabe-israelí que siguió a la declaración de independencia de Israel en 1948 dividió la ciudad y dejó bajo control de Israel a la parte oeste de Jerusalén. Años más tarde, durante la Guerra de los Seis Días en 1967, Israel anexó Jerusalén Este, incluida la Ciudad Vieja.
La Resolución 242 de 1967 del Consejo de Seguridad de la ONU sentó las bases sobre la ilegalidad de esa acción y el marco jurídico en relación a Jerusalén y los demás territorios ocupados por Israel. Más tarde, la Resolución 478 de 1980 del mismo órgano rechazó la «Ley Básica de Jerusalén», mediante la cual Israel había proclamado a Jerusalén «entera y unificada » como su capital eterna e indivisible. La resolución considera esa medida «nula y sin valor jurídico», se refiere a Israel como “la potencia ocupante” y exhorta a los Estados a no establecer sus representaciones diplomáticas allí.
Por eso causó tanto revuelo la decisión del gobierno de Donald Trump de trasladar la embajada de Estados Unidos desde Tel Aviv hacia esa ciudad, a contramano del derecho internacional.
Por eso causó tanto revuelo que ese mismo año Argentina fuese a jugar un amistoso con Israel nada más y nada menos que en un territorio cuyo estatus sigue siendo objeto de disputa.
El fútbol siempre fue político. Cualquiera que lo niegue solo busca que miremos para otro lado.
Esto, además, tenía olor a trampa política. No sólo contrataban a la selección para hacer un tour que nada tenía que ver con el fútbol, sino que el canciller argentino de ese momento, Jorge Faurie, confirmó que la AFA originalmente había cerrado el acuerdo de jugar en Haifa, no Jerusalén.
El detalle es importante. Los dirigentes del fútbol palestino llegaron a decir que no hubiesen tenido objeción alguna si el partido tenía lugar en Haifa, tal como estaba previsto.
El detrás de escena de una victoria histórica
El partido había empezado a levantar polvareda. No sólo por lo que implicaba jugar contra un rival acusado de ocupación y apartheid contra el pueblo palestino. No sólo porque buscaban instrumentalizar a la selección argentina para avalar la ocupación de Ciudad Santa en violación del derecho internacional.
El 30 de marzo de ese año había comenzado la “Gran Marcha del Retorno”. Las y los palestinos exigían que millones de refugiados pudiesen volver a la tierra de la que habían sido expulsados. El ejército israelí asesinó a sangre fría a más de 150 personas e hirió a otras diez mil que protestaban contra once años de bloqueo ilegal a la Franja de Gaza.
Así celebraba Israel su aniversario número 70, en lo que Amnistía Internacional llegó a llamar “un ejemplo terrible de uso excesivo de la fuerza y uso de fuego real contra manifestantes que no constituían una amenaza inminente para la vida”.
Fue en ese contexto que aquel grupito de argentinos que una vez le pidió a Maradona que cancelara un partido de fútbol decidió que había que volver a intentarlo.
AARSOPAL ya no existía, pero decidieron plantearlo en el Comité Argentino de Solidaridad con el Pueblo Palestino, con sede en Buenos Aires. “Se discutió y la idea pegó porque teníamos precedente. Sabíamos que aún si no lo lográbamos, iba a generar un montón de visibilidad. Entonces decidimos hacerlo”, recuerda Pablo.
La acción se articuló entre el Comité y BDS Argentina desde principios de abril de ese año, dos meses antes de la fecha del partido.
El siguiente paso fue comunicarse con Pedro Charbel en Brasil, ex-coordinador de campañas para Latinoamérica del Comité Nacional Palestino del BDS (BNC, por sus siglas en inglés), que representa a la dirección palestina del movimiento BDS.
«Por un lado, hacíamos la campaña acá: pensábamos la gráfica, qué palabras usar y cuáles no; Pedro, como nexo con el BNC, iba haciendo la parte en Palestina”.
Desde allá llegó una carta que le pedía a Dios “que Messi no rompa nuestros corazones”. La firmaban 70 niños palestinos, uno por cada año desde que ocurrió la Nakba. Todos ellos hoy refugiados, descendientes de quienes habitaron la aldea palestina Al-Malha antes de ser destruida en la guerra árabe-israelí. Allí se construiría luego el estadio Teddy Kollek, ese mismo donde iba a jugarse el partido. La carta, entregada en Ramala a la Oficina de Representación de Argentina y dirigida al capitán, se preguntaba: “¿Es acaso lógico que Messi, el héroe, vaya a jugar en un estadio construido sobre las tumbas de nuestros ancestros?».

Otra de las voces que llegaron hasta aquí fue la del futbolista palestino Mohammad Khalil. Mohammad había participado de la Gran Marcha del Retorno y recibió disparos en sus dos piernas de parte de un francotirador israelí que terminó con su carrera deportiva. «Pido al equipo argentino y especialmente al capitán Leo Messi, que es muy apreciado acá en Palestina y particularmente en la Franja de Gaza, que se solidarice con la población palestina y boicoteen el partido con Israel”, supo decir el ex futbolista.
Se firmaron peticiones en Argentina y el mundo. Los hashtags de la campaña marcaron el tono en redes sociales: #MessiNoVayas, #NadaAmistoso, #ArgentinaNoVayas. Nora Cortiñas, cofundadora de Madres de Plaza de Mayo, fue una de las firmas de la carta que se presentó a la Asociación Argentina de Fútbol (AFA).
La cosa iba escalando. Incluso las y los periodistas deportivos empezaban a considerar que el amistoso no debía jugarse. Y entonces, llegó la marcha en la sede de la AFA. Pocos medios llegaron al lugar, pero Pablo rescata al periodista Sebastián Salgado de HispanTV, cuya cobertura logró viralizar la protesta.
“Nos fuimos a la sede de Viamonte a pedir que Argentina no vaya, porque era ser cómplice de esto”, explica Pablo. “No solamente era por solidaridad con Palestina, la obligación moral de cualquier ser humano de ser solidario con otro. Yo fui con la camiseta de Argentina porque uno quiere a su país, quiere a su bandera, quiere a su camiseta y a su selección, y no querés que te la usen como un trapo de piso para limpiar sangre de crímenes de lesa humanidad”.
Protesta frente a la AFA para que se cancele el amistoso de Argentina en Israel en 2018. Video: Agencia EFE.
Él recuerda esos tiempos y que de a poco los medios “iban destapando una olla de cosas que la gente no sabía”.
El batacazo final se dio en Barcelona, en el complejo deportivo Joan Gamper, donde estaba concentrando el plantel argentino antes del Mundial de Rusia. En esa ciudad, activistas de «Prou Complicitat amb Israel» (Basta de complicidad con Israel), una coalición de más de 20 organizaciones de derechos humanos como BDS Catalunya, la Comunidad Palestina en Catalunya y JUNTS, decidieron sumarse a la campaña.
Llegaron con un megáfono al estadio donde entrenaba la albiceleste. Llamaron por su nombre a cada uno de los jugadores. “No vayan”, “No laven la imagen de Israel” se escuchaba. Pedían para ese país el mismo boicot que se le hizo a Sudáfrica en tiempos de apartheid.
Fue también en Barcelona que apareció la famosa camiseta de la selección argentina manchada de pintura roja para simular sangre. Aunque esa imagen se usaría después para hablar de amenazas, Pablo considera que el mensaje era claro: “no manchen la camiseta”.
Los jugadores acusaron recibo. Hubo una reunión y posteriormente el presidente de la Asociación del Fútbol Argentino, Claudio Tapia, anunció oficialmente la suspensión del partido a tan solo días de la fecha programada. La conferencia de prensa terminó con una frase contundente: “Quiero que todos tomen esta decisión que he llevado adelante como un aporte a la paz mundial”.
Para Pablo, esa declaración desmiente precisamente la supuesta existencia de amenazas. “La versión que quedó escrita es muy distinta a lo que pasó. No vas a encontrar un solo jugador que diga que recibió amenazas, no hubo una sola denuncia”, argumenta. “Dijeron que iban a quemar las remeras y no iban a comprar más camisetas de Messi. Eso no es una amenaza de muerte ni algo que pusiera en riesgo al plantel”.
Y es que el relato que terminó imponiéndose fue que detrás de la decisión de no viajar había una preocupación por la integridad de los jugadores. Sin embargo, incluso el canciller argentino de ese momento, Jorge Faurie, admitió que «la seguridad física estaba asegurada”.
Pablo además se pregunta: “si era por un tema de protección, ¿por qué no jugaron el partido en Barcelona?”
El país tenía de todas maneras una responsabilidad contraída. Es que la AFA ya había cobrado unos 1,5 millones de dólares por el encuentro. En noviembre de 2019, Argentina finalmente disputó un partido en Israel, pero lo hizo en Tel Aviv y contra Uruguay. Esto a pesar de las tensiones que, también por ese entonces, se vivían en el territorio.

La construcción de un enemigo
Quiere una camiseta celeste y blanca lo mismo una nena nacida en San Juan que un chico que camina las calles de Bangladesh.
Israel vio en la selección argentina un botín simbólico que estaba dispuesto a comprar. Más tarde entendió que podía simplemente aprovechar con astucia la campaña de desprestigio que parece haberse levantado contra el país en este Mundial.
Días atrás, el primer ministro Benjamin Netanyahu dijo que apoya a Argentina, que el presidente Javier Milei es “un gran amigo de Israel”. Sus declaraciones se volvieron virales. También lo hicieron las expresiones de algunos de sus funcionarios más extremistas, como Itamar Ben-Gvir -ministro de Seguridad Nacional- o Bezalel Yoel Smotrich -ministro de Finanzas-, que dejaron en claro su lealtad hacia la albiceleste.
Eso ha sido suficiente para que el mundo entero proyecte sobre la Argentina los crímenes del gobierno israelí como si fueran propios. De allí el supuesto deber moral de no apoyar a esta selección.
Yo fui con la camiseta de Argentina porque uno quiere a su país, quiere a su bandera, quiere a su camiseta y a su selección, y no querés que te la usen como un trapo de piso para limpiar sangre de crímenes de lesa humanidad.
Los discursos y acciones del actual presidente argentino claro que han hecho lo suyo. Pero la tiranía del algoritmo potencia algunas narrativas sobre otras, y un pueblo entero queda reducido a un prejuicio en cuestión de segundos.
No importa cuánto hay de lo otro. Cuánta solidaridad transnacional se ha sabido construir desde aquí. Las horas sin dormir, las veces que se salió a las calles, los castigos por tomar postura. Esa militancia no llega a las portadas de los diarios. Mucho menos a los que acusan desde afuera.
Regalan a Lionel Messi en bandeja, lo convierten en el villano que necesitan. Pero importa menos lo que realmente hizo, que lo que otros creen leer de él.
El 10 es argentino -por mucho que alguno se lo quiera apropiar- y el amistoso del 2018 se canceló porque así lo quiso él y su equipo. Por más ruido que se haya generado después, la información que daban las y los periodistas en ese momento era contundente: “Los jugadores argentinos no quieren jugarlo”. El que habló fue el Pipita Higuaín. “Creemos que lo correcto era no ir», le dijo a ESPN desde Barcelona.
Fue una victoria del BDS pensada desde Argentina. Esa victoria sentó precedente nada más y nada menos que en el fútbol, un ámbito en el que la FIFA ha hecho poco y nada en relación a las reiteradas denuncias de la Asociación Palestina de Fútbol (PFA).

Xavier Abu Eid, analista político palestino, apunta desde Ramala que no ha habido respuesta sobre los partidos de la liga israelí que se juegan en territorio palestino ocupado o con equipos que tienen sede en asentamientos ilegales. Tampoco se ha condenado el asesinato, las heridas sufridas por futbolistas palestinos o la destrucción de sus estadios. No se ha exigido la liberación de jugadores detenidos o cambios en las políticas que permiten a Israel negar permisos de viaje a los equipos palestinos.
Desde la otra punta del mundo, un grupo de militantes no quiso ver a su propia selección de fútbol avalar ese tipo de crímenes.
No fue casualidad. No podía ser de otra manera. El Embajador palestino en Argentina, Husni Abdel Wahed, había dicho que «este partido es como que los palestinos celebraran el aniversario de la ocupación de Malvinas. Esto sería una aberración, una falta de respeto y una agresión al sentimiento del pueblo argentino».
La historia completa importa y un país como la Argentina no puede convertirse en peón de intereses ajenos.
El fútbol siempre fue político. Cualquiera que lo niegue solo busca que miremos para otro lado.
Por Malvinas, por el Diego, por la última de Leo… la pelota no se mancha.
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